Mi camino en la fotografía empezó muchos años después de graduarme de la universidad como publicista y trabajar en departamentos de mercadeo. La fotografía llegó a mi vida por simple curiosidad. Siempre me gustó llevar cámaras digitales pequeñas a paseos y reuniones con amigos, pero hasta ese momento nunca lo vi como algo serio.

Durante mi etapa universitaria, cuando necesitaba fotografías para proyectos, usaba bancos de imágenes. En esa época se accedía a catálogos físicos que se copiaban en CD y pertenecían a empresas especializadas. De ahí seleccionábamos imágenes en gran formato para piezas publicitarias. También tuve una clase de fotografía análoga en la universidad, pero honestamente no fue determinante. El profesor no logró despertar esa chispa; hoy, con la experiencia que tengo, sigo pensando que no se nos enseñó realmente a entender este arte.

Con el tiempo, gracias a mi trabajo, pude comprar mi primera cámara réflex: una Canon T5i, que recuerdo con mucho cariño. Empecé a experimentar por mi cuenta, pero el verdadero punto de quiebre llegó con un regalo de mi madre: un curso de fotografía. Ahí todo cambió. Aprendí a usar la cámara en modo manual, entendí el triángulo de exposición y, sobre todo, empecé a mirar el mundo de otra forma. Sin duda, mi madre fue una pieza fundamental en este camino, y siempre se lo agradeceré.

Después de ese curso me obsesioné sanamente con practicar. Estudié referentes, hice ejercicios constantemente y fotografiaba todo lo que tenía cerca: mi perro, objetos, flores, escenas cotidianas. Pero el momento en el que realmente encontré mi estilo fue cuando empecé a hacer sesiones por intercambio con personas. Yo podía practicar, y el modelo recibía fotos de muy buena calidad. Ese proceso fue clave para crecer, construir portafolio y empezar a publicar mi trabajo de forma constante en Instagram.

Mi primera sesión profesional para una marca de moda llegó después de la pandemia. A partir de ahí comenzaron a contactarme marcas de producto, moda e incluso para fotografía social, un campo que, siendo honesto, nunca me ha llamado la atención.

Y aquí viene la parte importante.

Aunque tuve acercamientos, proyectos y clientes, vivir exclusivamente de la fotografía nunca fue una realidad para mí. Siempre ha sido un complemento de mi carrera como publicista, algo que agradezco profundamente. Muchas de mis sesiones llegaron porque diseñé una página web y necesitaban fotografías, porque desarrollé la imagen de un producto y yo mismo tomé las fotos, o porque primero me conocieron como publicista y después como fotógrafo.

Lejos de frustrarme, entendí algo clave: el mercado está lleno de fotógrafos increíblemente talentosos, con estilos únicos. Entonces me hice una pregunta fundamental:
¿Cómo me diferencio?

La respuesta fue clara: siendo bueno en todo lo que rodea a la fotografía. Saber diseñar, saber editar, entender profundamente las marcas, los conceptos y los mensajes que quieren transmitir. Todo eso se refleja en una imagen, aunque no siempre sea evidente.

Entonces, si me preguntas si lo logré, mi respuesta es: no del todo, al menos no en el sentido tradicional. Pero obtuve algo mucho más valioso: me volví muy bueno en habilidades que complementan la fotografía y que me hacen diferente.

No te frustres si no lo logras como lo imaginabas. Como artista, siempre vas a encontrar nuevos caminos para explotar tu talento. Te aseguro que un rechazo o muchos pueden redirigirte hacia un camino increíble, uno que quizá no habías considerado, pero que te permitirá crecer y lograr cosas igual o incluso más grandes.

Esta es mi opinión honesta.
Ojalá te sirva.