Opinión

machadoandres1983@gmail.com
Volver a enamorarme de la fotografía

Hay una pregunta que ha estado rondando mi cabeza durante los últimos meses:

¿cómo volver a enamorarme de la fotografía?

Nunca pensé que llegaría a escribir algo así.

La fotografía ha sido mi pasión durante años. Ha sido mi motor creativo, mi forma de expresión, mi manera de entender el mundo. Pero algo cambió. Lo que antes era una relación llena de emoción y curiosidad, poco a poco se convirtió en una relación de odios y amores… y últimamente, más de odios que de amores.

No porque la fotografía tenga la culpa.

La verdad es que nos hemos alejado. Ya no fluye como antes.

Antes buscaba cualquier excusa para estar con mi cámara: salía a tomar imágenes sin un objetivo comercial, pensaba proyectos, editaba por gusto, creaba por necesidad. Vivía en modo creativo constante. Hoy, en cambio, muchas veces solo espero que lleguen clientes del segmento que más me gusta: la fotografía publicitaria y de moda. Espero proyectos grandes, visibles, “importantes”. Y mientras espero… pueden pasar meses.

Y esa espera me está afectando más de lo que imaginaba.

Me di cuenta de que, sin querer, dejé de crear por amor y empecé a crear solo por validación o por impacto. Dejé de disfrutar el proceso por estar pendiente del resultado.

Por eso este 2026 tomé una decisión: volver a reconquistar esa relación.

Entendí que la mejor forma de hacerlo es regresar al origen. Volver a ese Andrés del pasado que proponía proyectos sin miedo, que escribía mensajes sin pena, que asistía a lugares nuevos, que colaboraba, que preguntaba, que insistía. Ese que no esperaba a que lo llamaran, sino que salía a buscar.

Decidí empezar con un proyecto muy simple, pero profundamente significativo: retratar personas.

Pero no cualquier persona.

Quiero retratar personas que se destaquen en lo que hacen. Pintores, bailarines, escritores, deportistas, soñadores. Personas que viven su pasión con intensidad. Personas que miran la vida de una forma distinta.

En pocas palabras, personas extraordinarias.

Mi objetivo es retratar al menos a una persona cada mes. Sin presión comercial. Sin esperar reconocimiento inmediato. Solo con la intención de volver a sentir esa chispa creativa que me hizo amar la fotografía desde el principio.

Quizás no necesito grandes campañas.

Quizás solo necesito volver a mirar con curiosidad.

Volver a conectar con historias reales.

Volver a crear sin miedo.

Tal vez volver a enamorarme de la fotografía no significa encontrar algo nuevo… sino recordar por qué empezó todo.

Y este año quiero darme la oportunidad de descubrirlo.

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¿Realmente es posible vivir de la fotografía? Mi opinión honesta

Mi camino en la fotografía empezó muchos años después de graduarme de la universidad como publicista y trabajar en departamentos de mercadeo. La fotografía llegó a mi vida por simple curiosidad. Siempre me gustó llevar cámaras digitales pequeñas a paseos y reuniones con amigos, pero hasta ese momento nunca lo vi como algo serio.

Durante mi etapa universitaria, cuando necesitaba fotografías para proyectos, usaba bancos de imágenes. En esa época se accedía a catálogos físicos que se copiaban en CD y pertenecían a empresas especializadas. De ahí seleccionábamos imágenes en gran formato para piezas publicitarias. También tuve una clase de fotografía análoga en la universidad, pero honestamente no fue determinante. El profesor no logró despertar esa chispa; hoy, con la experiencia que tengo, sigo pensando que no se nos enseñó realmente a entender este arte.

Con el tiempo, gracias a mi trabajo, pude comprar mi primera cámara réflex: una Canon T5i, que recuerdo con mucho cariño. Empecé a experimentar por mi cuenta, pero el verdadero punto de quiebre llegó con un regalo de mi madre: un curso de fotografía. Ahí todo cambió. Aprendí a usar la cámara en modo manual, entendí el triángulo de exposición y, sobre todo, empecé a mirar el mundo de otra forma. Sin duda, mi madre fue una pieza fundamental en este camino, y siempre se lo agradeceré.

Después de ese curso me obsesioné sanamente con practicar. Estudié referentes, hice ejercicios constantemente y fotografiaba todo lo que tenía cerca: mi perro, objetos, flores, escenas cotidianas. Pero el momento en el que realmente encontré mi estilo fue cuando empecé a hacer sesiones por intercambio con personas. Yo podía practicar, y el modelo recibía fotos de muy buena calidad. Ese proceso fue clave para crecer, construir portafolio y empezar a publicar mi trabajo de forma constante en Instagram.

Mi primera sesión profesional para una marca de moda llegó después de la pandemia. A partir de ahí comenzaron a contactarme marcas de producto, moda e incluso para fotografía social, un campo que, siendo honesto, nunca me ha llamado la atención.

Y aquí viene la parte importante.

Aunque tuve acercamientos, proyectos y clientes, vivir exclusivamente de la fotografía nunca fue una realidad para mí. Siempre ha sido un complemento de mi carrera como publicista, algo que agradezco profundamente. Muchas de mis sesiones llegaron porque diseñé una página web y necesitaban fotografías, porque desarrollé la imagen de un producto y yo mismo tomé las fotos, o porque primero me conocieron como publicista y después como fotógrafo.

Lejos de frustrarme, entendí algo clave: el mercado está lleno de fotógrafos increíblemente talentosos, con estilos únicos. Entonces me hice una pregunta fundamental:
¿Cómo me diferencio?

La respuesta fue clara: siendo bueno en todo lo que rodea a la fotografía. Saber diseñar, saber editar, entender profundamente las marcas, los conceptos y los mensajes que quieren transmitir. Todo eso se refleja en una imagen, aunque no siempre sea evidente.

Entonces, si me preguntas si lo logré, mi respuesta es: no del todo, al menos no en el sentido tradicional. Pero obtuve algo mucho más valioso: me volví muy bueno en habilidades que complementan la fotografía y que me hacen diferente.

No te frustres si no lo logras como lo imaginabas. Como artista, siempre vas a encontrar nuevos caminos para explotar tu talento. Te aseguro que un rechazo o muchos pueden redirigirte hacia un camino increíble, uno que quizá no habías considerado, pero que te permitirá crecer y lograr cosas igual o incluso más grandes.

Esta es mi opinión honesta.
Ojalá te sirva.

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¡Comparte todo!

La mejor forma de lograr que nuestro arte trascienda es compartirlo.
Y no hablo solo de mostrar el trabajo final, ese que ya está pulido y listo para publicarse. Hablo de compartir el proceso, las raíces y todo aquello que alimenta nuestros procesos creativos.

Muchas veces, cuando vemos un trabajo que nos impacta, buscamos referencias desde lo técnico:
qué cámara usaron, qué lente, qué luces, qué esquema. Y ojo, eso no está mal. La técnica importa.
Pero… ¿qué pasaría si nuestros referentes compartieran algo más profundo?

¿Qué libros leen?
¿Qué música escuchan mientras crean?
¿Qué artistas los inspiran?
¿Qué colores los obsesionan?

Ahí, creo yo, están los verdaderos referentes de un artista. En esos estímulos invisibles que no se ven en una ficha técnica, pero que terminan dando forma a una obra y a sus resultados.

Uno de los libros que más me ha marcado es Roba como un artista, de Austin Kleon. Es una invitación honesta a entender que aprender de nuestros referentes no significa copiar. Significa absorber, tomar lo que conecta con nosotros, reinterpretarlo y transformarlo en algo nuevo. Crear, en el fondo, un nuevo ADN para nuestro arte.

Últimamente disfruto mucho ver el trabajo de fotógrafos y videógrafos, pero ya no desde la obsesión por los equipos, como antes. Hoy me fijo en otras cosas:
cómo llegaron a ciertos colores,
qué concepto construyeron con sus modelos,
qué tan determinante fue la locación,
cómo cuentan historias en una sola imagen.

En resumen, me interesa entender cómo logran transmitir y captar mi atención.

Vivimos en una época privilegiada. Hoy tenemos un acceso enorme a nuestros ídolos creativos: podemos conocer sus referentes, sus gustos, sus metodologías, sus procesos. Podemos saber de quiénes aprendieron y, con eso, empezar a construir nuestro propio árbol genealógico creativo.

Y aquí retomo una idea clave de Austin Kleon: tengamos nuestra propia morgue de archivos creativos. Un espacio donde guardemos cualquier arte, imagen, música, libro o pieza que encienda esa chispa de curiosidad. Para volver a ella cuando nos sintamos bloqueados, cuando necesitemos inspiración o simplemente reconectar con el porqué hacemos lo que hacemos.

Así como hoy tenemos acceso al conocimiento de otros, también tenemos la responsabilidad de retribuirlo. Compartiendo nuestros procesos, nuestras ideas, nuestras referencias. Porque el arte no solo se consume: se hereda, se transforma y se comparte.

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¿La obsesión por los equipos está sobrevalorada en 2026?

Quienes trabajamos en fotografía y video hemos pasado en algún momento por la misma obsesión: pensar que entre más equipos tengamos, mejores serán nuestros resultados. Cámaras más nuevas, lentes más luminosos, luces más potentes, accesorios que prometen “llevar tu trabajo al siguiente nivel”.

Pero con el paso del tiempo, muchos nos damos cuenta de algo incómodo, pero liberador: no es cierto.
La verdadera mejora no viene del equipo, viene de la práctica constante, del criterio y de la creatividad que aplicamos en cada proyecto.

No voy a mentir: durante mucho tiempo quise tener la mejor cámara y el mejor lente que estuviera a mi alcance. Pensaba que eso sería el eslabón que haría que mi trabajo fuera más valorado. Sin embargo, la realidad fue otra. A mis clientes no les importaba el equipo que usaba; lo que realmente les importaba era el resultado final. La imagen, la emoción, el mensaje. El equipo nunca fue el protagonista.

Hoy estamos bombardeados por marcas como Sony, Canon, Nikon —y sin mencionar el universo infinito de luces, estabilizadores y nuevas herramientas—. Cada semana aparece algo “revolucionario”. Y, casi siempre, un influencer que asegura que es el mejor producto que ha probado en su vida.

Lo que muchas veces olvidamos es que detrás de ese review hay una estrategia de marketing: productos regalados, colaboraciones pagadas y una narrativa diseñada para generar deseo, no necesariamente para mejorar tu trabajo.

El resultado es una acumulación de equipos que muchas veces usamos poco o casi nunca.

Después de caer varias veces en esa dinámica, decidí cambiar mi sistema de compra. Hoy me hago una pregunta muy simple, pero poderosa:

¿Esta herramienta realmente aportará algo diferente a mi fotografía o a mi video?
¿Me permitirá cobrar más por mi trabajo?
¿O puedo lograr exactamente el mismo resultado con el equipo que ya tengo?

Si la respuesta es que puedo hacerlo con lo que ya tengo, entonces no compro. Ese se convirtió en mi nuevo indicador en este mundo saturado de estímulos.

Con el tiempo entendí algo aún más importante: es mucho mejor invertir en conocimiento y aprendizaje. En entender la luz, la narrativa visual, la composición, el color, el ritmo. Eso sí se refleja directamente en el valor que entregas a tus clientes.

Y sí, lo sé: a veces los clientes se impresionan cuando ven equipos grandes, cámaras robustas o lentes costosos. En su mente, eso equivale a “profesionalismo”. Pero créeme, he visto profesionales con equipos increíbles cuyo trabajo no lo demuestra. Y también he visto trabajos extraordinarios hechos con equipos básicos, incluso modestos.

El equipo puede impresionar al inicio, pero el trabajo es lo único que se recuerda.

Hoy la verdadera pregunta que me hago y que te dejo es esta:
¿Me estoy dejando influenciar por referentes que constantemente intentan venderme una idea ligada a una marca?
¿O estoy siguiendo a esos referentes silenciosos, a los que no les importa el equipo que usan, sino lo que logran transmitir con su trabajo?

En 2026, tal vez la obsesión por los equipos no solo esté sobrevalorada, sino que sea una distracción. Una que nos aleja de lo verdaderamente importante: crear imágenes que comuniquen, emocionen y tengan intención.

Porque al final, la cámara no hace al fotógrafo. Y el equipo no cuenta la historia. Lo haces tú.

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Después de la revolución de la IA: volver a valorar lo real y lo auténtico

Después de la revolución de la IA en la fotografía y el video, como espectadores de nuestras propias vidas, inevitablemente empezaremos a valorar más lo real, lo auténtico y lo humano.

Es una pregunta que deberíamos hacernos a diario:
¿Hasta qué punto nuestra percepción de la vida se ha transformado en un mundo que sobrepasa la fantasía? Un mundo donde ya no sabemos identificar con claridad qué es real y qué no lo es.

Como fotógrafos y videógrafos, nos enfrentamos constantemente a nuevas herramientas, actualizaciones y noticias sobre cómo la inteligencia artificial está revolucionando la forma en que vemos y representamos el mundo. Pero surge una inquietud profunda: ¿esa facilidad realmente está ayudando a crear nuevas tendencias y propuestas auténticas, o simplemente está reemplazando el proceso creativo? ¿Qué ocurre cuando dejamos de disfrutar el acto de crear y dejamos de enamorarnos de nuestro propio arte?

Desde la perspectiva del artista, esta reflexión no es sencilla. Desde el punto de vista empresarial, la IA llegó para reducir costos, optimizar tiempos, facilitar procesos y eliminar dependencias del factor creativo humano. Hoy existen herramientas increíbles, accesibles para casi cualquiera, tanto a nivel tecnológico como económico. Pero la pregunta es inevitable: ¿qué estamos perdiendo como seres humanos al delegar nuestras creaciones a la inteligencia artificial? ¿Qué pasa cuando dejamos en manos de la IA una de las capacidades más grandes de la humanidad: la creatividad?

Lo más preocupante es cómo, incluso como profesionales, empezamos a dejar de disfrutar el proceso de crear a través de la experiencia, la intuición y el error. Al tomar una fotografía, muchas veces ya no concebimos la idea desde su origen. Planificamos pensando en que luego podremos reemplazar encuadres, corregir decisiones con herramientas lentas, agregar elementos inexistentes o incluso cambiar modelos, cuerpos o prendas. El acto creativo deja de nacer en la realidad para convertirse en una simulación.

¿Hasta qué punto estamos perdiendo nuestra esencia y actuando de forma uniforme dentro de una sociedad donde nada parece auténtico? Las redes sociales están inundadas de momentos y personas que no existen, de fotos y videos que nunca sucedieron. Siempre creí que la fotografía y el video tenían como propósito congelar momentos reales en el tiempo, capturar instantes que sí ocurrieron. Hoy, muchas de esas imágenes ya no representan recuerdos de la humanidad, sino sucesos que nunca existieron en este plano.

No se trata de rechazar la tecnología. No me malinterpreten: creo firmemente que debemos apoyarnos en las herramientas disponibles. Gracias a ellas podemos alcanzar resultados que antes eran inimaginables. Pero considero fundamental que exista un proceso claro en la creación de cada idea y que no dejemos que todo sea decidido por la inteligencia artificial.

El proceso creativo debe ser responsable. Debe contener nuestra esencia, nuestro ADN como creadores. Debe crecer, evolucionar y transformarse con nosotros. Lo que no considero válido es replicar ideas, estilos o identidades ajenas, dejando en el olvido a los verdaderos autores. La humanidad necesita dejar atrás la tendencia exprés y volver a la creación desde la habilidad humana, desde aquello que solo nosotros podemos ejercer.

Mi invitación es clara: crear con responsabilidad. Usar la herramienta sin eliminar el proceso creativo. No seguir tendencias vacías que quitan protagonismo a los grandes creadores de la historia. La esencia del artista debe perdurar en el tiempo. Aprovechemos las herramientas, sí, pero con conciencia. No dejemos de pensar. No dejemos de crear.

Utilicemos lo más grande que se nos ha dado: nuestra creatividad y nuestra capacidad de pensamiento. Pongamos en el mundo cosas que no existen desde nuestra propia esencia. Dejemos una huella que se base en nuestra humanidad.

Este escrito es para quien valora la autenticidad. Para quien quiere seguir creando y aprendiendo. Para quien desea vivir en un mundo real, sin apariencias. Para quien aún respeta a los maestros de la humanidad.


Si eres uno de ellos, este mensaje es para ti.

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